jueves 15 de octubre de 2009

MATRIX REVELATIONS (II): EL FIN DE LOS OPUESTOS

(Artículo aparecido en la revista Namaste)

Matrix, es, para muchos, una obra maestra del cine postmoderno. En cambio, sus secuelas son consideradas innecesarias y fallidas por un amplio espectro de crítica y público.

Ciertamente, Matrix es más redonda que Matrix Reloaded y Matrix Revolutions. El principal problema de estas últimas es estructural, al constituir una película partida en dos por un molesto “continuará” (como El imperio Contraataca y El Retorno del Jedi). Lo ideal hubiera sido fundir Reloaded y Revolutions en una o haberlas hecho autoconclusivas. Sin embargo, están injustamente infravaloradas y en este artículo trataré de reivindicarlas y de demostrar que las tres forman un todo, siendo absurdo analizarlas por separado. Tomadas como trilogía, constituyen una de las obras más ambiciosas de la historia del cine, en temática, logros y mensaje.

Al final de Matrix, Neo despierta y se convierte en una suerte de superhéroe nietzschiano, mezcla de Luke Skywalker y Jesucristo. Ha trascendido el samsara, descubriendo la red ilusoria que es matrix. No sin dudas, como Jesucristo, asume su papel de Salvador y emprende una cruzada para liberar a los hombres de las máquinas. Elegir el camino de la violencia es señal de que aún no ha alcanzado el Nirvana. Neo ve la realidad en base a opuestos, no ha superado su ego y sigue preso del sufrimiento y el deseo, los principales obstáculos, según el budismo, a la iluminación.

La primera parte aisladamente es una convencional película de buenos y malos, dualista y maniquea: opresores y oprimidos, hombres contra máquinas, el Bien contra el Mal. Una especie de Star Wars más adulta, con referencias budistas y el mismo patrón narrativo del viaje del héroe de Joseph Campbell. Reloaded y Revolutions aportan una complejidad y riqueza que desintegran la, hasta ahora, marcada frontera entre el bien y el mal.

Esto ocurre por primera vez cuando el Oráculo le revela a Neo que ella es un programa. Resulta que no todos los programas del complejo sistema operativo Matrix buscan someter a la humanidad y van apareciendo aliados y simpatizantes: Seraph, Perséfone, Sati... Incluso muestran sentimientos humanos, como el amor de Rama Kandra por su hija.

Matrix Reloaded y Revolutions profundizan en temas sólo esbozados antes: libre albedrío, poder, iluminación... Reloaded en concreto, reflexiona sobre el libre albedrío. Si la trilogía avanza en base a elecciones (píldora roja o píldora azul, puerta de la derecha o puerta de la izquierda...), Reloaded presenta, encarnadas en sendos personajes, distintas posturas filosóficas sobre ellas. En su primer encuentro Morfeo le pregunta a Neo si cree en el destino. Éste contesta que cree en su capacidad de decidir el futuro. Morfeo, en cambio, es determinista: tiene fe en las profecías del Elegido y en las predicciones del Oráculo, pero también cree que lograr el propósito al que está llamado depende de su esfuerzo (“No veo coincidencia, veo providencia”. “Estamos aquí no porque seamos libres, sino porque no lo somos”). No en vano, cree que el Oráculo no dice el futuro, sino lo que necesitan oír para alcanzar su destino. Su postura es compatibilista, combinando determinismo y libre albedrío. Por contra, Merovingio cree en un determinismo fatalista, en el que el pasado y las leyes de la naturaleza causalmente conducen a un único futuro (parece replicar a Morfeo cuando dice: “donde otros ven coincidencia, yo veo consecuencia”). Los Wachowski dejan que el espectador decida si las decisiones de los personajes cuentan o si no son más que peones de un complejísimo juego sutilmente manipulado por fuerzas superiores, de la misma forma que las masas esclavizadas de píldoras azules creen que matrix es la única realidad que existe.

Los titiriteros que mueven los hilos son el Oráculo y el Arquitecto. Junto con Sati (la niña que crea la aurora en el epílogo) forman una "Trinidad" similar a la hindú integrada por Brahma (el Creador), Vishnú (el Preservador) y Siva (el Destructor). El Arquitecto es el programa diseñador de Matrix, un Yahvé con apariencia de burócrata de barba y traje blancos, que desde su panóptico particular, una habitación repleta de monitores, vela por la estabilidad de matrix. Es determinista, pues su creación pretende ser un sistema armónico de precisión matemática. El Oráculo (mujer, en la mejor tradición de los oráculos griegos) es la madre de matrix, la que la dotó de elección y que busca desequilibrarla mediante sus profecías y su apoyo a El Elegido. El enfoque de ambos personajes es opuesto: La racionalidad masculina contra la intuición del Oráculo. Su diálogo final así lo demuestra: “Lo sabías” sugiere el Arquitecto. “No. Lo creí” replica la interpelada. Los Wachowski toman partido, finalmente, en favor del libre albedrío. Tal vez Smith se equivocaba y la libertad, la verdad, la paz y el amor son algo más que constructos del intelecto humano que intentan justificar una existencia sin significado o propósito. Tal vez valga la pena luchar por ellos. Tal vez nuestra existencia tenga sentido.

La dualidad Arquitecto/Oráculo no es casual. El yin y el yang es integral a la sofisticada cosmogonía de la historia. Del mismo modo que una moneda tiene una cara y una cruz unidos por metal (su principio generador o tao) todos los opuestos son complementarios e indisociables de forma que uno es imposible sin el otro. Sólo así se entiende la paradoja que pone de manifiesto el Consejero Hamann de que los humanos dependan de la tecnología para mantener Sión y luchar contra las máquinas (“estas máquinas nos mantienen vivos y las otras nos quieren matar”). Hombres/máquinas, mente/cuerpo, eros/agape, Neo/Smith, Neo/Trinity, son algunos opuestos de la historia. Los más importantes son estos últimos y conviene analizarlos en profundidad.

Como mantienen Gnosticismo y tantrismo, hombre y mujer no pueden encontrar la iluminación separados. Neo y Trinity representan la parte masculina y la femenina de la divinidad que combinadas dan lugar a una Rebis alquímica o entidad andrógina que logra la conjunción de los opuestos y el cese del tormento de la separación. El mensaje es que hemos de terminar con el enfrentamiento entre opuestos, tan del gusto de machistas y feministas y aspirar a una cierta “androginia mental”. Hablar de Neo y Trinity es también hablar de amor. Del amor entre hombre y mujer (eros) y del Amor divino y como sacrificio (agape), algo que en nuestra sociedad egoísta e individualista estamos olvidando y que aparece en múltiples momentos (en Matrix incluso homenajeando el beso revitalizador de La bella durmiente, sólo que invirtiendo los géneros). Y principalmente, del Amor como principio motor del Universo.

Neo y Smith son opuestos, antagonistas de objetivos antitéticos: un troyano, una anomalía que amenaza el sistema contra un programa antivirus. Pero en realidad se necesitan, son complementarios. En Matrix, Smith no lucha contra Neo, sino contra Anderson (en el clímax, Smith sentencia “Adiós, señor Anderson” y el otro contesta: “Me llamo Neo”). Lo que parece una réplica es, en realidad, una confirmación. Neo ha vencido a Anderson, su alter ego, gracias a Smith. Neo derrota a Smith metiéndose dentro de él. Le contamina de su esencia y le convierte en otro virus. Smith ve la dorada luz del espíritu y deviene un ángel caído. Su condición demoníaca se subraya con su capacidad de replicarse poseyendo a otros. Es legión. Pero a medida que la historia avanza los extremos se tocan: Neo se vuelve cada vez más máquina (“Es una máquina”, exclamaba un asombrado Mouse al ver la destreza con que Neo se desenvolvía en el mundo virtual) y Smith más humano (crece y se multiplica como los humanos, cosa que en la primera parte confiesa que es lo que más odia). La impresionante batalla final de Matrix Revolutions es un Apocalipsis reminiscente del Miracleman de Alan Moore, en el que el diluvio bautiza a los contendientes lavándoles del pecado original de la separación. Neo se da cuenta de que debe dejar de luchar y hacerse uno con Smith, su Sombra. Sólo alcanzará su yo esencial y la paz espiritual, si trasciende e incluye la parte de él que ha alienado.

La liberación ha de ser para todos, hombres y máquinas. No puede haber vencedores y vencidos pues todos somos Uno. Es necesario redimir todos los planos de la realidad, para integrarlos y acabar con la fragmentación. Neo lo ve sólo tras dejarlo ciego Smith (de nuevo su antagonista es su mejor aliado). Los Wachowski insisten sobre la falibilidad epistemológica de los sentidos y la necesidad de abstraerse de ellos para alcanzar la iluminación. Sólo un invidente puede ver que los otros son víctimas de una alucinación colectiva. Sólo cuando Neo queda ciego es capaz de ver la auténtica luz, la del espíritu. Y la Ciudad de las Máquinas está imbuida de la luz dorada espiritual. Negar el mundo espiritual nos hace verlo como máquinas o demonios que te atacan. Neo muere en un sacrificio póstumo y alcanza la paz espiritual. Vuelve a la fuente. Matrix se transforma. Los opuestos se han unido y un nuevo ciclo comienza.

jueves 10 de septiembre de 2009

MATRIX REVELATIONS (I): BIENVENIDOS AL DESIERTO DE LO REAL

(Artículo aparecido en la revista Namaste)

Algo pasa con Matrix cuando entre sus seguidores figuran filósofos tan prominentes como Ken Wilber, Slavoj Zizek, David Chalmers o Cornel West (quien incluso interpreta a uno de los ancianos del Consejo de Sión).

La trilogía destaca entre otras películas filosóficas como 2001, Dogville, Stalker, El Septimo Sello, Pi, Delitos y faltas y El Show de Truman por los saberes que abarca (filosofía, espiritualidad, sociología, política, tecnología, etc.) y el alcance de los temas que analiza (ontología, poder, libre albedrío, problema mente-cuerpo, etc.)

También sobresale por su asequibilidad. Una regla no escrita tipifica el cine comercial como superficial y ramplón y el cine de ideas como lento y discursivo y, por tanto, minoritario y elitista. Los Wachowski consiguen reconciliar acción e ideas y gestar una obra de ritmo vertiginoso con una estética y unos efectos especiales revolucionarios pero que invita al espectador a reflexionar sobre la realidad, la libertad y el sentido de la vida.

En este primer artículo me centraré en Matrix y en el próximo número me ocuparé de Matrix Reloaded y Matrix Revolutions, sin olvidar su carácter único e indisociable.

El mensaje de Matrix I se resume en la palabra que, de súbito, aparece en la pantalla del ordenador de Thomas Anderson, alias Neo: “Despierta”. Es similar al “abre los ojos” de Amenábar y entronca con otras películas como Dark City, El Show de Truman, Cube, Pleasantville o Existenz que pretenden cuestionar la realidad y rasgar el velo de Maya. Si sólo podemos acceder al mundo mediante nuestros imperfectos sentidos, ¿cómo podemos asegurar que no somos víctimas de una ilusión? ¿No es lícito dudar, como Calderón y Descartes, dónde acaba el sueño y empieza la realidad? La obra recicla tres de las más famosas alegorías filosóficas relativas al problema de lo real: En primer lugar, el genio maligno de Descartes, una inteligencia sobrehumana (en la película, las máquinas) capaz de manipular nuestras mentes generando una realidad ilusoria. En segundo lugar, el mito de la caverna de Platón, según el cual somos como prisioneros en una cueva que confunden la realidad con sombras proyectadas en la pared (la relación con el cinematógrafo es obvia), que en la cinta se convierte en una simulación informática llamada “matrix” diseñada por inteligencias artificiales para mantener a los humanos bajo control y alimentarse de su energía vital. Lo que nos lleva a la tercera fábula: el cerebro en la cubeta, dilema escéptico que especula sobre la posibilidad de que seamos cerebros suspendidos en cubetas conectadas a un ordenador que los alimenta con señales eléctricas, pues como dice Morfeo ¿Cómo defines lo real? Si estás hablando de lo que puedes sentir, lo que puedes oler, lo que puedes saborear y ver, entonces lo real son simplemente señales eléctricas interpretadas por tu cerebro.” Desengañémonos: la realidad es siempre virtual.

Encontramos, además, el enfrentamiento clásico de la ciencia ficción entre hombres y máquinas (2001, Metrópolis, Terminator...) típico del subgénero ciberpunk al que pertenece Matrix (Blade Runner, Ghost in the Shell), alegoría del conflicto entre razón y emoción, y consciente e inconsciente. En los mitos y relatos clásicos (desde la Biblia a los mitos griegos y de Beowulf a El Señor de los Anillos) la batalla se resolvía en favor de la parte racional y consciente: El héroe derrotaba al dragón (nuestro cerebro reptiliano) con su espada o lanza (símbolos de la razón). Se celebraba así la aparición del pensamiento racional y el reemplazo del matriarcado (y sus religiones lunares) por el patriarcado (y las religiones solares). La hegemonía de la razón ha conducido en nuestras sociedades modernas a la represión de las emociones y la negación de lo instintivo. Vivimos en un mundo mecanicista, materialista y racional que margina nuestro lado humano (emocional y espiritual). Las máquinas representan en Matrix el pensamiento rígido y el control institucionalizado. Despertar implica hackear nuestro cerebro y liberar nuestros instintos, emociones y espiritualidad del yugo de la mente racional (“No pienses que lo eres. Sabes que lo eres” le ordena Morfeo a Neo).

La historia tiene también un marcado sabor orwelliano y marxista. Thomas Anderson es un alienado empleado de una organización deshumanizada y burocrática, un mero engranaje de la gran máquina que es el sistema en el que se encuentra inmerso. El socrático Morfeo le revelará una realidad alternativa: “Matrix nos rodea. Está por todas partes. Incluso ahora, en esta misma habitación. Puedes verla si miras por la ventana o al encender la televisión. Puedes sentirla cuando vas a trabajar, cuando vas a la iglesia, cuando pagas tus impuestos. Es el mundo que ha sido puesto ante tus ojos para ocultarte la verdad.” Desde esta perspectiva, la obra es una incitación a la revolución para superar la mentalidad de rebaño que criticara Nietzsche. Según éste, la socialización nos hace esclavos del sistema y sus normas. Nos convierte en baterías que alimentan al sistema como instrumentos de producción o consumidores pasivos. Despertar supone liberarse de dichas normas sociales y superar la moral de rebaño para convertirse en superhombre. La lucha de Neo es también la lucha del individuo contra la masa uniformizante.

Neo da el primer paso (el primer sueño lúcido que le brinda Morfeo) tras tomar la famosa pastilla roja y entrar en el país de la maravillas (clara alusión al uso de enteogénicos para abrir las puertas de la percepción). La película se inspira en las tradiciones espirituales que sostienen que el problema del hombre es la ignorancia de que la realidad es una ilusión. La trilogía presenta tres niveles de realidad diferenciadas incluso estéticamente: la realidad mental de Matrix fotografiada en colores verdes, la realidad física mostrada en tonos azulados y la realidad última de la que aquí sólo se perciben algunos flashes dorados, y que irá cobrando importancia a medida que la serie avanza. Desde esta perspectiva, la película puede ser entendida como una sincrética parábola moderna con vocación de mito cosmogónico de influencias fundamentalmente budistas y cristianas. Ambas recurren a la figura de un Mesías, o bodhisattva que libera a los hombres y les ayuda trascender el mundo de las apariencias. En Matrix, el Redentor es Neo (anagrama de “the One” –el elegido-), avatar de Thomas Anderson (andros-son, hijo del hombre). En numerosos momentos se relaciona a Neo con Jesús o Buda, directa (refiriéndose a él como el Elegido o el Salvador, relacionándolo con sus anteriores reencarnaciones y resucitándolo) o indirectamente (“eres mi Jesucristo particular” o el rótulo "Mark III no. 11” que hay en la nave Nebuchadnezzar, alusión al pasaje del Evangelio de San Marcos que habla del Hijo de Dios). El resto de rebeldes psiconautas también tienen resonancias míticas: Morfeo es el dios griego del sueño y el Juan Bautista que pregona el advenimiento del Mesías, Trinity es la parte femenina que con Neo conforma el andrógino divino y el Dios que resucita a Jesucristo/Neo, Cypher es un Judas...

Liberarse de matrix no conduce en esta entrega al Cielo, Nirvana, Pleroma, Moksa o Keter, sino al desierto de lo real, concepto de Baudrillard (el autor del libro “Simulacro y Simulación” en el que Neo esconde el software con el que trafica) que alude a la realidad sustituida por la hiperrealidad en que vivimos. El distópico desierto de lo real que Morfeo muestra a Neo nada tiene de paradisíaco. Es un infierno en que los hombres han sido condenados por su codicia y ansias prometeicas. Cypher prefiere la ilusión de matrix a ese mundo gris y desolado. Neo, pese a gozar de un poder sin parangón dentro de matrix, prefiere la libertad y la verdad. Es otro de los grandes dilemas de la película: ¿la ignorancia es felicidad o la verdad nos hace libres?

El despertado Neo se convierte en un superhombre, pero no ha alcanzado la liberación suprema: la superación del ego, el fin del conflicto y del sufrimiento. Es lo que nos contarán los próximos episodios en una vuelta de tuerca que nos obligará a reinterpretar este primero, pues nada de lo que se nos ha contado es lo que parece.

viernes 17 de julio de 2009

DOGVILLE



Von Trier, tras crear el manifiesto Dogma, lo tira a la basura sin contemplaciones, en este genial cuento moral brechtiano donde los decorados brillan por su ausencia para no desviar la atención de los personajes. Dogville, una de las películas más pesimistas que recuerdo, no sólo critica a la sociedad americana como tanto se ha dicho, sino a toda la humanidad, pues, en mi opinión, su premisa es: ¿Qué pasaría si Dios (el mafioso James Caan) mandara a su único hijo (Nicole Kidman) a la Tierra? Dog es un anagrama de God, y Dogville es lo opuesto a la Ciudad de Dios, una ciudad de hombres miserables e indignos de redención.

martes 16 de junio de 2009

EL SÉPTIMO SELLO


Un cruzado juega al ajedrez con la Muerte, en un intento desesperado de prorrogar su vida para poder realizar una última acción que la dote de sentido. El tablero donde se desarrolla tan singular partida es una Europa azotada por la peste negra. Esta alegoría milenarista rodada en 1957 trata un tema recurrente en la obra del gran director sueco Ingmar Bergman: el miedo existencial del hombre frente al vacío, llamando a un Dios indiferente o inexistente. Sin embargo, hay espacio para la esperanza: el gozo del instante puede vencer al horror de la muerte y el altruismo puede dar sentido a nuestra existencia. Bergman combina como nadie imagen y palabra en esta película de gran profundidad metafísica y belleza formal. A modo de curiosidad, decir que la partida de ajedrez entre el caballero y la Muerte está inspirada en mural de Albert Målare, que además es uno de los personajes de la película.

domingo 26 de octubre de 2008

DARK KNIGHT: MÁS OSCURO DE LO QUE PENSÁIS

Lo diré sin rodeos: El Caballero Oscuro es la mejor película de superhéroes que se ha hecho y quizás también la mejor basada en un personaje de comic, aunque en esa categoría tenga más competencia. Si obviamos todas las pleitesías comerciales de este tipo de películas (y entiendo que haya espectadores que sean incapaces de hacerlo), nos queda un profundo estudio sobre la naturaleza humana de honda raíz hobbesiana en forma de thriller tan sucio y desolador que nos hace pensar en los mejores momentos del cine de Sydney Lumet.


Tras la deplorable etapa de Joel Schumacher, Christopher Nolan fue el elegido para relanzar a Batman en la gran pantalla. La idea era hacer un Batman más oscuro, en la línea del revolucionario trabajo realizado en comic por autores como Alan Moore, Frank Miller y Grant Morrison. El resultado fue Batman Begins un producto digno que no daba más de sí por querer contar demasiadas cosas y caer en los clásicos defectos de este tipo de películas: demasiados personajes infradesarrollados y exceso de protagonismo de los gadgets (hay que ver el daño que hacen las imposiciones del product placement y el merchandising). Sin embargo, el éxito de crítica y taquilla le dieron mayor autonomía para rodar la siguiente entrega de las aventuras del Hombre Murciélago. Y vaya si se aprovechó de ello.


Es sorprendente cómo el director de Memento ha sacado adelante en el Hollywood de hoy en día una obra de mensaje tan radical, crítico y oscuro como El Caballero Oscuro. Es lo bueno del capitalismo: si vendes da igual lo que digas. A los ejecutivos lo único que les interesa es que la película funcione en taquilla y en los mercados secundarios. Y Nolan les da lo que quieren. Explosiones vistosas, persecuciones espectaculares, algo de amor y buenas dosis de acción. ¿Queréis vender muñequitos? Pues sacamos episódicamente al Espantapajaros y cambiamos a Batman de traje para dejar obsoletos los muñecos anteriores (y de paso que pueda girar la cabeza de una vez por todas). También sacaré una batmoto tan chula que no habrá freaky que se resista a comprar su réplica. Y no me olvidaré del product placement de rigor: el móvil, la cazadora, la moto y el coche deportivo. Todo está ahí, pero Nolan aprende de sus errores en Batman Begins y lo introduce sin que moleste demasiado y hasta con cierto sentido para hacer progresar la historia y contar lo que quiere contar (estoy pensando, por ejemplo, en la historia de amor).


El Caballero Oscuro es una película de tesis. Nolan trata de demostrarnos la famosa teoría de Thomas Hobbes que dice que el hombre es un lobo para el hombre. Con tal fin nos presenta un gran experimento social que tiene por objetivo testar los paradigmas enfrentados de Hobbes y Rousseau sobre la naturaleza humana. El maestro de ceremonias de dicho experimento es el Joker (Heath Ledger, en una buena interpretación que abusa demasiado del tic como para que se pueda considerar brillante), ferviente defensor de la hipótesis de Hobbes de que el más modélico de los ciudadanos sólo actúa como tal por miedo a las consecuencias. Al otro lado del cuadrilátero, y representando sin demasiada convicción el punto de vista rousseauniano de que el hombre es bueno por naturaleza, tenemos a Batman. El escenario de dicho experimento será doble: el individual y el colectivo.


El colectivo se desarrolla en Gotham City, una ciudad azotada por el crimen y la corrupción de sus instituciones, un caldero en ebullición a punto de desbordarse. El propósito del Joker es que se desborde; llevar la ciudad al caos y así reinstaurar un estado natural sin leyes ni autoridad donde el hombre acabe mostrando su verdadera naturaleza, la de un ser egoísta que sólo actúa motivado por el propio interés. El guión(escrito al alimón por Christopher y su hermano Jonathan) resuelve cada nudo de la trama con una victoria del Joker y una corroboración de las teorías de Hobbes. Ya en el principio de la película vemos como ante la incapacidad de las fuerzas del orden para mantener la seguridad la gente se toma la justicia por su mano y recurren abiertamente a la violencia (recordemos las dos primeras escenas de la película: en una el director de un banco trata de impedir su robo con una recortada, y en la siguiente imitadores de Batman se enfrentan a dos bandas de delicuentes). A continuación, ante la amenaza del Joker el pueblo de Gotham da muestras de su egoísmo exigiendo la entrega de su otrora héroe, Batman, exigiendo su entrega. Pero probablemente el mejor ejemplo es la que quizás sea la escena más brillante de la película, de un maquiavelismo sublime: la de los ferries. Aquí los Nolan dejan bien patente como sin un poder común que los mantenga a raya y dirija sus acciones hacia el beneficio colectivo, los seres humanos, movidos exclusivamente por su propio interés y autoconservación, rápidamente caen en un estado de guerra de todos contra todos.


Por supuesto, antes de que eso ocurra las fuerzas del orden de Gotham City hacen todo lo posible para evitar el caos. Si el mantenimiento del orden (o en su defecto, de su apariencia) en un mundo que tiende naturalmente a la entropía (desengañémonos: no hay ninguna mano invisible que conduzca las cosas naturalmente al orden, por mucho que muchos economistas y políticos así lo crean) sólo se puede lograr mediante mecanismos de coacción e imposición, habrá que determinar cuáles son adecuados y cuáles no, algo especialmente relevante y polémico en los tiempos que corren. La “no violencia”, el objetivo más deseado de nuestra sociedad, no significa ausencia de coacción sino solamente ausencia de coacción no autorizada. Por ello un orden social “no violento” es casi una contradicción en sus propios términos. Pocos de los métodos a los que recurren los guardianes del orden en la película son intachables, especialmente los de Batman, un vigilante al margen de la ley que goza del beneplácito y la colaboración de la policia, el alcalde y el fiscal del distrito y que recurre sin titubear a la tortura, a la coacción y al secuestro y no entiende de fronteras ni de derecho a la intimidad. La legitimidad y la ilegitimidad las define el poder como bien sabemos por casos tan deplorables como el de Guantánamo.


Pero al Joker no le basta con el experimento colectivo, precisa de un un cobaya para llevarlo al terreno individual. Y elige al nuevo fiscal del distrito, Harvey Dent, calificado por la prensa como el Caballero Blanco por su cruzada personal para erradicar el crimen en Gotham City. Un paladín que lucha desde la legalidad, desde el sistema, sin más poderes que los que le otorga su condición de funcionario público. Harvey Dent, el único personaje auténticamente íntegro de la película, es un muñeco de trapo por el que se pelean Batman y el Joker. Para el Joker, Dent es el candidato perfecto para demostrarnos (como ya nos contara Alan Moore en la gran historia sobre el Joker La Broma Asesina) que la única diferencia entre él y nosotros es un día lo suficientemente malo y que el orden y el control sobre nuestras vidas son quimeras inalcanzables (recordemos que Dent es una persona que no cree en el azar y se cree el dueño de su destino, lo que demuestra con su moneda de dos caras idénticas). Batman, en cambio, no es opuesto al Joker, sino complementario, ambos se necesitan como la oscuridad necesita de la luz para definirse por oposición (otro apunte sacado de los comics La Broma Asesina de Moore y El Señor de la Noche de Miller al que ya aludiera el Batman de Tim Burton). Para Batman/Bruce Wayne, Dent representa la posibilidad de poder colgar la máscara y ser por primera vez una persona normal, con derecho a amar y por eso le apoya más que por altruismo (me vuelvo a referir a la historia de amor que es especialmente perversa). De nuevo el egoísmo psicológico de Hobbes y la ambigüedad moral como protagonistas de un guión profundo y sólido como pocos.


En un final brillantemente consecuente con el resto de la historia, la única solución que les queda a los guardianes del orden para evitar que el triunfo del Joker salga a la luz y mantener la apariencia de orden es mentir. Al fin y al cabo, la verdad es una mentira compartida y Batman ya estaba en el lado oscuro.


viernes 17 de octubre de 2008

PRODUCTOS DE LA SOCIEDAD DE CONSUMO: DE OBJETOS DE DESEO A OBJETOS DE DESECHO

Risto es un gurú. El impertinente y prepotente miembro del jurado de Operación Triunfo me ha iluminado. Un día, movido por el morbo, me dispuse a presenciar el escarnio al que el publicista somete a los concursantes. Además les obsequió con la siguiente reflexión: “Sois todos productos de un supermercado y cada semana millones de personas entran en ese lineal para saber si os compran o no”. Al principio me pareció aborrecible la analogía entre personas y bienes de consumo pero luego caí en la cuenta: No sólo ellos son productos. Tú eres un producto. Yo soy un producto. Todos somos productos.


Lo de los Triunfitos no se le escapa a nadie. Productos de baja calidad, de usar y tirar, cuya vida útil no pasa de unos meses. Pero ¿y nosotros? ¿Podemos ser tan fácilmente cosificados como ellos? Absolutamente. Una de las características más determinantes de nuestra sociedad es la reducción de los sujetos a objetos.


La sociedad de consumo es cada vez más prevalente. Su filosofía y sus valores rigen nuestras vidas. Como denuncia el gran sociólogo Zygmunt Bauman, “consumir significa invertir en la propia pertenencia a la sociedad, lo que en una sociedad de consumidores se traduce como ser vendible”. Compro luego existo. Consumir es lo que nos identifica como miembros de la sociedad, lo que aumenta nuestro valor dentro de la misma y lo que mueve la economía y el sistema. La filosofía de la futilidad de Chomski es tan central en nuestras vidas que es casi imposible sustraerse a ella.


Nada ni nadie escapa a esta lógica mercantil. La caricatura de la fashion victim marcada como una res en todo lo que lleva puesto o del yuppie alardeando de símbolos fálicos en forma de coche deportivo o teléfono móvil de última generación son sólo la punta llamativa y chabacana del iceberg. Si nos fijamos en los anuncios que lleva esta revista nos daremos cuenta que el mercado también ha colonizado la espiritualidad y otros espacios interiores. Cursos, libros y todo tipo de productos que van del quiromasaje a la quiromancia y de la psicología gestalt o la reflexología podal nos hacen la misma promesa que el último perfume de Calvin Klein: son la solución de todos nuestros problemas. Hasta el agua bendita se vende: H2Om es una marca americana que, basándose en las investigaciones de Emoto, vende el líquido elemento cargado de buenas intenciones como salud, gratitud o poder de voluntad (sic). Y todo producto está sujeto a modas: Ayer era el budismo, hoy el sufismo, y mañana el gnosticismo. ¿Aún estás con la meditación Vipasana? Qué pasado estás. Hoy lo que se lleva es la Big Mind.

Pero la última vuelta de tuerca ha sido reconvertir al consumidor en producto. Si evaluamos los productos por su capacidad de aumentar nuestro valor de mercado, nos estamos considerando productos a nosotros mismos. Los miembros de la sociedad de consumo son a la vez mercader y mercancía, sujeto y objeto. Sujetobjetos puede ser un buen palabro para definirlos.


Probablemente el primer signo de esta tendencia fue el llamado marketing personal. Se trata de la aplicación de los principios del marketing al ámbito laboral. Quien más, quien menos se ha sentido mercancía cuando ha tenido que buscar trabajo. Pues bien, los teóricos de esta disciplina convierten dicha metonimia en deseable en base al razonamiento de que en un mercado de trabajo hipercompetitivo, es necesario diferenciarse y venderse apropiadamente, es decir, convertirse en un producto atractivo para los empleadores.


El imperativo del famoso gurú empresarial Tom Peters, Brand you! es fácilmente extrapolable a todos los ámbitos de nuestra vida. Todos anhelamos ser aceptados y, mejor todavía, deseados. Todos quisiéramos ser tan imprescindibles como Coca Cola, tan deseados como Ferrari o tan atractivos como Apple. Todos ansiamos ser un bien escaso por el que se peleen los demás.


El primer paso para triunfar como producto es mejorar nuestro packaging. No basta con llevar una ropa o un perfume determinado. El sujetobjeto debe aspirar a un cuerpo único y perfecto. Hoy un cuerpo sin tunear (mediante estética, tatuajes, piercings, etc.) empieza a ser signo de dejadez e inadecuación social. Y luego despotricamos de las costumbres bárbaras de las mujeres jirafa.


El segundo paso es publicitarnos adecuadamente. Todos tenemos blog, fotolog, o perfil colgado en algún sitio de Internet. Échenle un vistazo a las redes sociales de Internet (Badoo, Meetic, Myspace, Facebook, LinkedIn). Se trata de auténticos supermercados de personas en los que cada usuario expone sus mejores atributos.

En realidad, no estamos hablando más que de nuevas formas para las viejas estrategias de reclamo y apareamiento. Lo realmente novedoso de la reducción de la persona a producto es el vuelco que le da a las relaciones humanas asemejándolas cada vez más a relaciones mercantiles.


Si utilizamos estrategias de marketing para “vendernos”, es lógico que queramos recurrir a estrategias de consumo en nuestra interacción con los demás. Son mucho más atractivas las transacciones seguras y de responsabilidad reducida que tenemos como consumidores que las complejas y engorrosas relaciones humanas. De nuevo Internet es el ejemplo perfecto de esta nueva forma de socialización: miramos sin ser vistos, revelamos lo que nos interesa, tenemos el control. Sin riesgos ni molestas interacciones interpersonales definimos los criterios de nuestra pareja ideal y ya sólo queda esperar en la comodidad de nuestra habitación si la transacción se consuma. Si algo sale mal, te desconectas y punto. El anuncio televisivo más reciente de Meetic, la red de contactos sentimentales, se basa en una garantía de servicio muy clara: “Enamórate o te devolvemos el dinero”.


Otra de las características de las nuevas relaciones humanas es su precariedad. Si antes eran importantes valores como la durabilidad y nuestra relación con los objetos era a largo plazo, la modernidad líquida definida por Bauman se basa en el cambio incesante. Las citas de Heráclito "Todo cambia, nada es permanente" y "No te bañaras dos veces en el mismo río" nunca fueron más ciertas pues el capitalismo es una máquina entrópica que vive del cambio. El reloj que pasaba de padres a hijos como el bien más preciado, hoy es rápidamente desechado por obsoleto y anticuado y los álbumes de fotos familiares que se guardaban en el desván como preciados tesoros de la inmortalidad de nuestra estirpe hoy son sustituidos por archivos informáticos fácilmente borrables en el caso más que probable de que la familia se deshaga. Y es que con la misma asiduidad y desapego con que cambiamos de teléfono móvil cambiamos de familia o trabajo. Todo lo viejo no sirve, hay que tirarlo: las parejas, los padres, los empleados. La sociedad del deseo se está convirtiendo en la sociedad del desecho[1]. Los objetos de deseo devienen objetos de desecho con cada vez mayor rapidez. Nos desprendemos sin el menor miramiento de todo lo que ya no nos satisface. Y el hecho que las personas se hayan convertido en objetos de consumo nos exonera de cualquier responsabilidad hacia ellos. El superior puede despedir al subordinado y el novio dejar a la novia sin remordimiento alguno. En un mundo centrado en la espiral deseo-consumo-desecho no hay lugar para sentimentalismos. De hecho, bajo la nueva lógica, deshacerse de algo o alguien no debe lamentarse sino celebrarse como una oportunidad de nuevas experiencias, nuevos placeres y nuevas aventuras.


La desvalorización de la durabilidad acarrea el debilitamiento de las relaciones humanas, la fragilidad de los vínculos y la erosión de valores otrora tan importantes como la responsabilidad, la fidelidad y el compromiso. En un mundo tan individualista los lazos entre personas deben apretar lo menos posible (¿se imaginan a sus padres pronunciando la frase comodín de nuestros tiempos “necesito más espacio”). No es rentable invertir en la formación de los trabajadores o en su fidelización, cuando hay una cola de desempleados ávidos de un puesto de trabajo a sueldo inferior. De hecho, lo más fácil es cerrar la empresa directamente e ir a otro país donde los sueldos y los derechos de los trabajadores sean menores. Para qué tratar de arreglar una relación problemática si es más fácil y excitante buscar una nueva. El cambio (de pareja, de empleo, de lugar de residencia) ha pasado de ser considerado un signo de fracaso a algo aplaudido por lo que indica de flexibilidad, dinamismo o asertividad. Hoy nadie en sus cabales pronuncia en serio las palabras “hasta que la muerte nos separe”, del mismo modo que nadie espera un empleo de por vida. Y es que ni nuestra identidad es estable. Vivimos bajo la presión de reinventarnos constantemente a nosotros mismos. Hay que cambiar antes de que nos cambien por otro. Enterramos el yo pasado y renacemos bajo una nueva forma, con unos nuevos labios, un nuevo ordenador portátil y hasta una nueva familia desestructurada. Somos los hombres de las 1000 caras y las múltiples vidas.

Nuestros padres vivían en un eterno futuro. Deseaban posesiones que perduraran al paso del tiempo y pudieran pasar de generación en generación (símbolos de inmortalidad, que diría Wilber): terrenos, casas, joyas, etc. Siempre había que pensar en el mañana, un futuro tan huidizo que nunca llegaba: ahorraban para pagar el piso, luego el coche, luego los estudios de los niños y luego la vejez. El futuro les impedía disfrutar el presente. En nuestro caso, el cambio y la precariedad que nos rodean nos hace vivir en un eterno presente de perpetua insatisfacción y deseo insaciable. Algunos hasta tratan de enmascarar nuestro individualismo y egoísmo con ínfulas de espiritualidad mal entendida. El momento presente es lo único que importa. Carpe diem, caiga quien caiga. Ése es el secreto de la felicidad.


La trampa del sistema es que tras sus promesas de satisfacción y felicidad, su verdadero objetivo es nuestra insatisfacción. Un individuo satisfecho es indeseable por que para de consumir. Hay que tentarle constantemente con nuevos productos, nuevas experiencias, nuevas sensaciones. Nuestra felicidad es cada vez más elusiva y transitoria. El conformarnos con lo que tenemos (o lo que somos) es sinónimo de indolencia y pereza y, por ende, execrable. Somos como zombies hambrientos e insaciables. El sistema nos educa y entrena durante toda nuestra vida en esa forma de pensar y de actuar. Para ser atractivo y deseable, el sujetobjeto debe siempre aspirar a ser más y tener más.


La ventaja más clara de estos tiempos postmodernos es que tenemos más libertad que nunca. Tantas opciones entre las que escoger, tantas experiencias por tener. Si la felicidad es el equilibrio entre la libertad y el orden, la balanza se ha inclinado a favor de la libertad. Pero esa libertad también puede ser una cárcel. La libertad se ha convertido en la obligación de elegir. La presión de tener que elegir constantemente, la multiplicidad y fugacidad de los objetos de deseo, la incesante repetición de ensayos y errores son agotadores. El orden puede ser rutinario, asfixiante y aburrido. Pero el orden da seguridad y en el mundo actual hay pocas cosas que podamos considerar seguras y fiables. Vivimos con la Espada de Damocles sobre nuestras cabezas, sin saber qué nos depara el mañana. Tanta incertidumbre tiene su coste psicológico en forma de ansiedad, depresión y estrés. Nuestros viejos envidian la libertad de que gozamos y nosotros envidiamos la seguridad que tenían sus vidas. Si, como afirmaba Aristóteles, la virtud está en el término medio… ¿por qué nos vamos siempre a los extremos?


Todo cambia pero todo sigue igual. Siempre acabamos en la casilla de salida, listos para empezar una nueva partida. Al final el consumidor es consumido.



[1] Una de las acepciones de consumir, según la RAE, es destruir, extinguir. Bajo esta perspectiva resulta inquietante pensar qué vivimos en la sociedad de consumo.

jueves 12 de junio de 2008

SOMBRAS EN LA RED

Por fin me he decidido a colgar mi corto "Sombras". Está en dailymotion, el principal competidor de You Tube. ACIB (Asociación de cineastas de las Islas Baleares, a la que pertenezco) y Dailymotion han firmado un acuerdo de colaboración y todos nuestros trabajos se irán incorporando a la plataforma. Dailmotion tiene bastante más calidad que You Tube, por lo que el corto se ve bastante bien, para ser por internet, o sea que espero que lo disfrutéis. En pocos días ya lleva casi 900 visionados.


Sombras
Cargado por acib

Aquí tenéis la dirección original, por si aquí tenéis algún problema para verlo:
http://www.dailymotion.com/es/cluster/shortfilms/featured/video/x5mz4p_sombras_shortfilms