
Pocas ideas se malinterpretan tanto como
la noción de “progreso” en los modelos evolutivos. En mi labor
académica, donde incorporo tanto como puedo la Teoría Integral y la psicología del desarrollo a mi docencia e investigación, el error más habitual que
encuentro entre quienes tienen un conocimiento superficial de modelos como la Dinámica
Espiral es la tendencia a leer la “espiral” como una escala de
superioridad. Se asume que los niveles altos son mejores por definición, y que
los “inferiores” hay que superarlos cuanto antes al ser primitivos, fallidos y
hasta peligrosos. Dicha interpretación no solo es errónea, sino profundamente
reduccionista. Cada estadio, aporta algo vital a nuestra evolución individual y
colectiva; y aunque cada uno proyecte indefectiblemente su sombra, ninguna de
ellas invalida la importancia decisiva de su contribución.
Probablemente, el nivel más incomprendido
y demonizado es el Rojo (o Impulsivo) ya que tendemos
a investirlo exclusivamente con sus rasgos más insanos: el egocentrismo moral de
un Jordan Belfort (El Lobo de Wall Street), para quien el
mundo es un casino donde los demás son peones para su enriquecimiento y placer;
la tiranía de un Negan (The Walking Dead), encarnación
de un sistema de terror donde la sumisión se negocia a golpe de miedo y
crueldad calculada; o el desprecio absoluto por el orden de un Alex
DeLarge (La Naranja Mecánica), cuya única ley es la satisfacción
inmediata de sus impulsos más violentos y hedonistas. Pese a estas patologías,
reducir el Rojo a esto es no entender su esencia.
El Rojo es, ante todo, la emergencia
del Yo Poderoso,
la voluntad individual que se erige contra el destino y la tribu para decir "¡Yo
existo, y mi voluntad importa!"
Y para entender e interiorizar esta
función esencial, no hay mejor apología que el universo creado por Robert E.
Howard en su serie de novelas sobre Conan
el Bárbaro. La Era Hiboria de Conan no es solo un escenario
para la aventura; es una crítica feroz a la supuesta superioridad de los
niveles posteriores (especialmente el Ámbar, el nivel de la ley, orden y sacrificio
por la "verdad única") y una reivindicación de los valores más
auténticos y vitales del Rojo.
Recuerdo
con claridad cómo, en mi adolescencia, me convertí en un gran aficionado a los
cómics de Conan. Fueron el eslabón de enganche perfecto entre los cómics de
superhéroes de esa época, que empezaban a quedárseme pequeños en su relativa
inocencia, el cómic adulto europeo y la posterior revolución del cómic de
superhéroes que descubriría en obras como Watchmen de Alan Moore y The Dark Knight Returns de
Frank Miller.

Como
dibujante y futuro autor de cómics esporádico que sería, lo primero que me
atrajo fue, sin duda, el arte. Los maravillosos dibujos de Barry Windsor-Smith en
los primeros números poseían una calidad orgánica y una línea fluida y
decorativa que convertía cada viñeta en un cuadro prerrafaelista o un grabado art
nouveau. Pero quien realmente me impresionó fue John Buscema. Su
Conan anatómicamente perfecto, era una fuerza de la naturaleza dotada de un
dinamismo brutal. Y ese impacto se multiplicaba exponencialmente cuando lo
entintaba Alfredo
Alcalá en La
Espada Salvaje de Conan. Mientras que otros entintadores se
limitaban a seguir y definir los lápices, Alcalá exhibía una técnica de trazos
minuciosos y delicadas plumillas en la tradición de ilustradores como Franklin
Booth, que dotaban a los épicos lápices de Buscema de una profundidad, una
atmósfera y una madurez visual que hacían de esos cómics una experiencia más
adulta y oscura que la serie regular.

La violencia y el sexo más explícitos de La Espada Salvaje de Conan eran,
sin duda, un imán para mi yo adolescente. Pero, en realidad, eran los subtemas de rechazo al nivel Ámbar los que me atraían
con más fuerza. En aquel entonces, yo me encontraba inmerso en mi propio
proceso de integración del Rojo propio de mi rebeldía adolescente unido a la
transición de Ámbar (con sus reglas absolutas, su etnocentrismo y su orden
rígido) a Naranja (con su impulso por la autonomía, el logro individual y el
escepticismo ante la autoridad).
El
Rojo es un nivel que ejerce una fascinación poderosa, especialmente en la
adolescencia y en momentos de transición, como tan bien representa Long John
Silver, el pirata de La Isla del Tesoro (no hay ocupación más roja que la de
pirata). Su influencia sobre Jim Hawkins es la atracción universal de la
libertad, el poder y la autenticidad radical del Rojo. Volviendo a Conan, Robert
E. Howard, a través de su héroe, no solo enaltece el Rojo, sino que critica ferozmente el Ámbar. Conan (quien
también fue pirata durante una época de su turbulenta vida) encarna el
empoderamiento radical del individuo frente a los sistemas colectivistas del
Ámbar que exigen sumisión. El cimmerio nunca pide permiso, sino que toma lo que
quiere con su fuerza y su ingenio. Las civilizaciones que saquea (Aquilonia,
Nemedia, Stygia) son la sombra del ámbar hecha territorio: entes en decadencia,
ahogados por sus propias reglas y rituales. Sus reyes son tiranos cobardes y
sus sacerdotes fanáticos corruptos que usan los valores ámbar de religión y
tradición para oprimir y enriquecerse. Frente a su hipocresía, Conan es íntegro
y casi virtuoso: no sirve a nada más que a su propio código de honor, simple
pero inquebrantable. Representa la vitalidad indómita frente a la rigidez necrótica.
Es el "Yo" que se alza contra el "Nosotros" opresor, la
fuerza de la naturaleza necesaria para "podar el árbol" y permitir un
nuevo comienzo.
Hoy asistimos a un preocupante ascenso de la ultraderecha y del populismo de corte autoritario en todo el
mundo. Desde la lente de la Dinámica Espiral, ¿podríamos ser este resurgir de energías Rojas y Ámbar
reactivas una respuesta a las patologías de un Verde insano?
El
Verde (el Comunitarismo Relativista) prometió igualdad, pluralismo
y sensibilidad. Pero su sombra es alargada. Cuando se vuelve insano, el Verde cae
en la paradoja fatal que Ken Wilber tan acertadamente denuncia : Para Verde todo
es subjetivo, excepto su propio dogma, que impone con fervor fanático.
La cultura de la
cancelación, la intolerancia hacia cualquier disenso y el
absolutismo moral disfrazado de progresismo son la manera en que el Verde
insano ha integrado de forma patológica las normas Azules de "pensamiento
único" y el castigo al hereje.
Ante
esta imposición de un nuevo fundamentalismo moral, no es de extrañar que muchas
personas, sintiéndose menospreciadas y acalladas, se atrincheren e incluso, en
algunos casos, retrocedan a un Rojo que reclama poder y voz a gritos, o invoquen
la Guerra Santa de un Ámbar que promete orden, claridad e identidad fuerte
frente a la "confusión" Verde.
Como
decía Jung, "todo lo que niegas aparece como sombra", un
fenómeno que El Club de la Lucha de Chuck Pallaniuk ilustra
magistralmente. Tyler Durden encarna la angustia vital y la rebelión del hombre
moderno contra el sistema naranja que lo ha domesticado y debilitado.
De igual forma, el Joker de Todd Phillips muestra el
estallido del Rojo colectivo frente a un sistema podrido. Arthur Fleck no es un
lunático aislado, sino el espejo en el que se refleja una multitud de
"Arthurs" olvidados por élites económicas naranjas y culturales
verdes que los desprecian. La película retrata con precisión cómo el Rojo
individual se convierte en fuerza colectiva. Es la reclamación del poder
personal mediante el caos, aunque sea autodestructivo como pretendía ser la
toma del Capitolio y es precisamente este caldo de cultivo el que aprovechan Trump
y otros líderes de la ultraderecha para canalizar la furia Roja hacia sus
propios intereses.
El desafío, como decía al principio, no es
demonizar el Rojo, sino entender su mensaje e integrar su energía de una forma
más consciente y adaptativa. Porque, como bien sabía el cimmerio, la
civilización es solo una fina capa de barniz sobre la naturaleza salvaje y
poderosa del alma humana. Ignorarla es el mayor de los riesgos.
El universo de Conan no es una invitación a quedarnos en el
Rojo, sino un recordatorio monumental de lo que queda excluido cuando un nivel
superior se vuelve rígido y opresivo. Esto queda perfectamente ilustrado por el propio viaje de Conán: el bárbaro que finalmente se convirtió en rey de Aquilonia, transitando exitosamente hacia un Ámbar saludable. Su historia demuestra que el verdadero poder no consiste en rechazar nuestras energías fundacionales, sino en integrarlas en una estructura más amplia y compleja.
Si un nivel de la espiral (en este caso,
el Verde) marginaliza los niveles anteriores, estos volverán con furia, como un
volcán que hace erupción tras ser tapado durante demasiado tiempo. Ignorar
o patologizar una etapa es garantizar su regreso de la forma más cruda y
desintegrada. Y el rojo está regresando con la fuerza de un bárbaro de Cimmeria.
Aquí es donde la evolución se vuelve imperiosa. El
siguiente nivel en la espiral, el Teal (o Integral),
representa la única salida viable a esta guerra cultural sin cuartel. Integrar los niveles anteriores es la única manera de convertirnos en los verdaderos reyes de nuestro reino interior. En este contexto, el Teal representa el arquetipo del soberano encarnado por el Rey Conán. Es el nivel central y rector de nuestro "reino interior". Teal es
la respuesta porque integra y ordena las fortalezas de cada nivel sin quedar
atrapado en sus sombras. De la misma manera que Neo entendió en el iluminado
final de Matrix Revolutions que no se trataba de derrotar al Agente
Smith sino de integrarlo, no podemos permitirnos el lujo de dar la espalda a
ninguna parte de nosotros mismos. La tarea de nuestro tiempo consiste es
desarrollar una conciencia integral que sea capaz de danzar con la totalidad de
lo que somos, y así abrazar la energía vital del Rojo sin su egocentrismo,
apreciar el orden y el sentido del Azul sin su rigidez, valorar la eficacia y
la innovación del Naranja sin caer en su instrumentalismo y honrar la
sensibilidad, inclusividad y relativismo del Verde, a la vez que trascendemos
sus excesos. En lugar de oponer niveles, Teal los comprende como perspectivas
parciales y necesarias dentro de un sistema más amplio, gestionando tensiones y
polaridades para generar una visión más completa, equilibrada y verdaderamente
integradora. El verdadero poder no está en dominar el mundo, sino en tener el
coraje de danzar con la totalidad de nosotros mismos.
